RÍO DE JANEIRO

En una mezcla de morros, favelas, edificios de lujo y playas, se encuentran conviviendo personas de niveles socio-económicos muy distintos que habitan esta hermosa ciudad. De hecho, este dato es el que más sorprende al llegar. La violencia callejera es evidente, pues  nada más salir del aeropuerto vimos cómo un policía apuntaba con la pistola en la sien de un niños de unos 13 años.

A partir de ese momento, y con la experiencia de otros viajeros, te planteas sacar la reflex del hostel, la riñonera con algo de dinero e incluso salir de noche a la calle. Efectivamente, los robos callejeros eran innegables, pues con nuestros ojos veíamos cómo chavalines de 14 y 15 años, aproximadamente, tiraban del bolso de varios turistas. Desde luego que el miedo es muy jodid* y cuando se apodera de ti, pues cuesta quitárselo de encima. Así que, desde la primera noche, reflexioné sobre esto y mandé a freír espárragos esa sensación tan negativa. Total, con las pintas que llevo viajando… nadie se fijaría en mí; y yo, lujos, los mínimos. (Valeee, reconozco que no me separo de mi reflex).

Viajar es lo que tiene, te expones a situaciones desconocidas que se te escapan de las manos. Precisamente, como para muchos más, es uno de los motivos que más me engancha. ¿Cómo un niño no va a robarle el reloj de marca a un turista cuando vive en una situación precaria? ¿Cómo no van a dedicarse a la violencia si las alternativas brillan por su ausencia? Hay que saber a dónde se viaja y hay que tener seguridad en uno mismo.

Tras conocer los lugares más emblemáticos (Pan de Azúcar, El Cristo, Copacabana, Santa Teresa…) y la noche de la ciudad (sí, caminando por la calle a altas horas de la noche con toooda la seguridad del mundo), decidimos meternos en una Favela. En concreto en Favela Rocinha, la más grande de todo El sur de América. Las opciones de hacerlo por nuestra cuenta eran muy limitadas y bastante arriesgadas, así que nos metimos en el típico tour (en parte aún me arrepiento) dónde explicaban cómo funcionaban y un sin fin de historias. Me sentí como si fuese al zoo, a veces se nos olvida que son personas y oye, que vengan a tu barrio a mirarte y hacer fotos a tu calle y a tu casa es bastante desagradable. Pero es cierto que conocer el problema político, las condiciones de vida y el problema con las drogas fue muy, muy interesante. Gracias a la labor de muchas ONG, se está tratando de mejorar el sistema educativo y la sanidad, pero no es suficiente. La falta de ambas y otras exclusiones sociales bastante evidentes, han llevado a parte de la población de las favelas, en especial a adolescentes, al negocio de la droga y a la posesión de armas. Es más, esta favela está separada en tres grupos de tráfico de drogas. Todos ellos custodian su espacio y respetan sus negocios y clientes. La policía, infiltrada en un alto porcentaje, saca su tajada y favorece esta mierda de historias.

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Íbamos por la Favela de Rocinha cuando el guía nos avisó de que atravesábamos una zona donde solía haber personas armadas. Efectivamente. Giramos la esquina y ahí estaba. Era un niño. Era una metralleta. Sentado en un banqueta, en una callejuela de un metro de ancho. En una callejuela por la que pasábamos. En una callejuela en la que era inevitable no rozarse. Escuchamos sus palabras en portugués gritando. Iban hacia nosotros. Su misión era proteger su zona de tráfico de drogas. Pero nosotros éramos turistas y nuestro dinero del tour se invertía en educación y sanidad para la favela (y eso nos protegía). Tras una conversación con el guía sus gritos cesaron y vimos cómo su figura se desvanecía. Y vimos también cómo el miedo y la tristeza dejaba de apoderarse de nosotros. Ya fuera, volvimos a nuestra vida normal con nuestras cosas normales y europeas que hacen de nosotros personas de buen vivir. Qué injusto.

Asomarte en lo alto de una de las casas de la favela implica ver claramente la gran desigualdad social que invade Brasil. Las casas de la Favela Rocinha, pintadas de colores, decoran (como si se tratase de un cuadro) la estampa de playas mundialmente famosas y enormes edificios de la clase medio-alta. Digno de ver. Al fin y al cabo viajar nos enseña un mundo que todos deberíamos conocer.

Mi mayor recomendación es pasear en bicicleta un domingo por el carril del paseo marítimo que une Copacabana con Ipanema. Este día la carretera de los coches se cierra para ser cedida a los deportistas, patinadores, skaters, ciclistas, malabaristas, etc.

Puede resultar raro lo que voy a decir. Si pudiese desaparecer la pobreza tan elevada que existe, Río de Janeiro sería la ciudad perfecta para vivir.

Utópico. I know.

Seguiremos intentando cambiar el mundo.

¡Nos vemos en Paraty!

Laura.

2 comentarios en “RÍO DE JANEIRO

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